Escoger un cuento

Aquí sigue una sinop­sis de todos los cuen­tos del Arcón del cuen­ta­cuen­tos en ordén casual. Cada cuen­to se carac­te­ri­za con pocas pala­bras. Uno pue­de acce­der a un cuen­to de su gus­to y ins­pi­ra­ción cli­quan­do el títu­lo der la sinopsis.

Para selec­cio­nar cuen­tos que per­mi­ten la par­ti­ci­pa­ción de oyen­tes o que corres­pon­den a cier­tas eda­des de niños hay que cli­quar cuen­tos par­ti­ci­pa­ti­vos y gru­po de edad.

El gallo que ponía huevos de oro

¿Un gallo que sabe poner hue­vos de oro? El gran­je­ro está asom­bra­do, la maes­tra no lo pue­de creer y el millio­na­rio lo quie­re com­prar en segui­da. Pero el gallo se asus­ta y solo con­si­gue poner cacas de pollo. Uni­ca­men­te pone hue­vos de oro cuan­do nadie lo ve ni se acer­ca a pedir­le nada.
(con imá­ge­nes dibu­ja­das por niños)

Visita al circo

Rober­to y los abue­los van al cir­co. El abue­lo oye mal y la abue­la, que ya tie­ne poca vis­ta, se ha olvi­da­do de sus gafas. No le gus­ta a Rober­to comen­tar­les a cada paso lo que suce­de en la pis­ta y se inven­ta situa­cio­nes inauditas. 

La tortilla rica y suculente.

Una tor­ti­lla esca­pó de la sar­tén y se fue rodan­do, rodan­do. Mucha gen­te en el camino inten­tó atra­par­la, pero ella huyó de todos. Encuen­tra por fin un zorro espa­bi­la­do que fin­ge ser medio sordo.
Cuen­to participativo

Seis huevos quieren hacerse pollitos

A pesar de ser ven­di­dos en el mer­ca­do, seis hue­vos siguen soñan­do con su nido y con la mane­ra de lle­gar a ser polli­tos. ¿Como pue­den sal­var­se de aca­bar con­ver­ti­dos en tortilla?

La punta impertinente

Una pun­ta se sol­tó de la pared y oca­sio­nó una des­co­mu­nal cas­ca­da de pro­ble­mas den­tro de la casa. El amo se vol­ca­rá en una bús­que­da obs­ti­na­da del cau­san­te de tal desatino.

La fama del gato horrible

Dicen que el gato gor­do de la ciu­dad visi­ta­rá el bos­que, invi­ta­do por el zorro. Al pare­cer tie­ne dien­tes más cor­tan­tes que un tibu­rón, una boca mayor que la de un hipó­ta­mo, y quién sabe que otros órga­nos peli­gro­sos. Ante la noti­cia, todos los ani­ma­les pre­fie­ren huír del bos­que, inclu­so el zorro que lo invi­tó. El gato gor­do se extra­ña: ¿Qué pasó?, ¿por qué no vive nin­gún ani­mal en el bos­que? No entien­de lo suce­di­do y pre­fie­re vol­ver­se a la ciudad.

Las gafas de sol

Un mucha­cho encuen­tra unas gafas de sol. Por acci­den­te su padre las pisa y le com­pen­sa con una nava­ja. El chi­co pres­ta la nava­ja a un ami­go y este le devuel­ve una mochi­la. A cada prés­ta­mo que hace le suce­de una entre­ga dife­ren­te. ¿Qué suce­de­rá al final de tan­to trueque? 

El horrible Plof

Oyen­do el ¡plof! que cau­sa una man­za­na cayen­do al agua, el temor ate­rro­ri­za a tres lie­bres que se ale­jan a toda pri­sa. Un tro­pel de ani­ma­les las siguen por el mie­do al ¡plof! has­ta que un oso los detie­ne y los con­du­ce has­ta el lago. Allí otra man­za­na se cae al agua y hace ¡plof!

El cocodrilo y el semáforo sinverguenza

El coco­dri­lo odia­ba el color ver­de de su rabo y en con­se­cuen­cia tam­bién el ver­de del semá­fo­ro. Cuan­do apren­de a apre­ciar su rabo ver­de, bata­lla deno­da­da­men­te con­tra ese semá­fo­ro que cam­bia siem­pre al rojo. ¿Como aca­ba­rá este incon­for­mis­mo irreductible?

El dedo sangriento

Augus­to tie­ne un dedo malo y bus­ca quien se lo pue­da ven­dar. Todos le piden algo a cam­bio de ese favor. Aca­ba con­si­guien­do muchas cosas pero no que su dedo sea ven­da­do. No le que­da otro reme­dio que hacer­lo él mis­mo con su pañuelo.

La boda de la gata

La gata que­ría casar­se pero no encon­tra­ba un novio de su gus­to, has­ta que por fin cono­ce al sal­ta­mon­tes. Con éste si que se quie­re casar. Sin embar­go, ¡ai!, ¡qué des­gra­cia le pasa al novio en la fies­ta de la boda!

Cómo llegaron los cuentos a la tierra

En los prin­ci­pios fue úni­ca­men­te el dios de los cie­los quien sabía con­tar. Pero Anan­si, el hom­bre-ara­ña, qui­so que se rela­ta­sen sus cuen­tos. Gra­cias a los con­se­jos de su mujer pudo supe­rar las difí­ci­les con­di­cio­nes que le puso el dios de los cie­los. Des­de enton­ces se escu­chan por todas par­tes los cuen­tos de Anansi.